Carta de amor a la dislexia
La maestra mandó a sus alumnos hacer una redacción. Al recoger la de Maria, en el recorrido de dejar su redacción sobre las otras, vio tal cantidad de faltas de todo tipo que dijo en voz alta y con desdén: “Te has dejado de poner el nombre pero aún así, sabría que es la tuya. Te lo he dicho mil veces, Maria, tú tienes que escribir frases cortas. Cooortas.” Todos rieron. Maria no, por supuesto que no. Maria solo sonrió disimulando el dolor por el desprecio público y guardó el momento en su memoria para el resto de sus días. Lo guardó junto a otros de la misma índole. Momentos que sin ser descaradamente crueles (¿acaso la profesora no estaba dándole un consejo para su bien?) irían fraguando una inseguridad permanente ante los textos y, especialmente, ante sí misma. Momentos que, de algún modo u otro, le confirmaban que ella era más tonta que los demás. Porque Maria, claro, era disléxica. Todavía lo es.
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