“Con lo gordo que fue, me entristece seguir viendo el agujero del Carmel”
Hacía tanto frío que los bolígrafos no escribían. Fue el 27 de enero de 2005, cuando un socavón en las obras de la L5 del metro obligó a desalojar de sus casas a 1.278 vecinos. A primera hora de la mañana. En pijama y bata. Una crisis ciudadana mayúscula, que obligó al Ayuntamiento a alojarles en hoteles, donde hubo quien vivió casi dos años. Milagrosamente no hubo heridos, pero cerraron comercios y escuelas, por la proximidad al agujero, y hubo que reubicar a 400 alumnos. Fue necesario derribar dos edificios (31 familias perdieron la casa, algunos sin poder recuperar ni una foto), micropilotar decenas de fincas y revisar centenares de pisos, reparados hasta la última grieta y rehabilitados. Se instalaron más de 20 ascensores. Y los afectados exigieron y consiguieron ayudas e indemnizaciones: hasta 30.000 euros por persona por daños morales. La Generalitat del Govern Tripartit, responsable de las obras, no rechistó: había sido culpa suya. El sobrecoste de las obras fue de 78 millones de euros y la estación abrió en 2010. Por ella pasan unas 20.000 personas los días laborables.
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