En un mundo disperso, la lectura es un acto de rebeldía
Cada día Mendel, el de los libros, acudía al café Gluck de Viena, en la parte alta de la calle Alser. Se sentaba en una mesita cuadrada con la superficie de mármol de un sucio gris, siempre repleta de libros y documentos. Su mirada tras las gafas fija, hipnóticamente clavada en un libro. Se trata de Jakob Mendel, el protagonista del relato Mendel, el de los libros, del escritor Stefan Zweig. Me refiero a Zweig como escritor porque así se le conoce, pero bien podría considerarse un psicólogo por su profunda y delicada descripción de los rincones de la mente humana. Zweig nace en Viena en 1881 y muere en Brasil en 1942, donde se quita la vida junto a su esposa. No quería presenciar la decadencia de Europa, supongo que esperaba mucho más del ser humano. Conocía bien sus debilidades, pero aún más sus fortalezas. En este relato nos presenta a Mendel, un apasionado de los libros, alguien que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor cuando tenía un libro enfrente. Su obsesión por los libros es un esperpento que nos muestra esa maravilla, ese regalo de los dioses, que es la lectura.
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