El inesperado interés de los jóvenes por las últimas trashumancias

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El pasado camina hacia el futuro bajo la banda sonora de dos orquestas contrapuestas. ¡Prrrra!, ¡va!, ¡vamos!, ¡yee!, ¡ehe!, ¡prrrra!, saluda el ayer; fru, fru, fru, fru, rebate el hoy a medida que el rebaño y su pastor ascienden hacia los colosales molinos eólicos. La comarca de Tierras Altas de Soria ha perdido miles de esas ovejas grisáceas, de lana renegrida, merinas, y ganado miles de esos gigantes blancos de tres aspas, gran reemplazo en el sostén económico de la provincia, epítome de la despoblación. Antes las ovejas alimentaban a muchos, ahora los molinos llenan pocos frigoríficos pero hacen funcionar los de muchos. Los balidos y el lenguaje creado por los pastores para entenderse con sus animales enmudecen como ese territorio solamente surcado por los tres hermanos Pérez, los últimos trashumantes sorianos. La saga, septuagenaria, recorre las cañadas, los cordeles y veredas que resisten desde que Alfonso X el Sabio creó el Honrado Concejo de la Mesta en 1273. Aguantan los caminos —­por donde las ovejas descendían hacia el sur al terminar el verano— y no así sus usuarios, salvo por el espejismo del fin de semana del 19 al 21 de junio, cuando decenas de personas acompañaron a los pastores en su trashumancia final para empaparse de esta cultura andante y malherida por un desastre lento en forma de crisis demográfica y ganadería intensiva.

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