Dale medio pan y un libro
Cada vez que algún creador, sea escritor, pintor, cineasta, músico o qué sé yo, declara ante un público, cautivo por la admiración, que los temores que suscita la tecnología de los tecnooligarcas son idénticos a los que provocó en su momento el nacimiento de la imprenta, una estrellita del cielo, ay, pierde su luz. No lo hacen por tranquilizarnos, lo que desean es no ser tildados de vejestorios, y aunque en el fondo de su ser sepan que están diciendo una gran idiotez muy manida, prefieren soltarla a quedar como un hombre o una mujer de otro tiempo. Si se les habla de las pérdidas de trabajos, apelan a la revolución industrial, como si esto no fuera más que otra revolución industrial; si se les enfrenta a la idea de que el hombre podrá ser desterrado de contar historias, actividad esencial que lo distingue, dirán que la IA solo reproducirá las obras imitables por su mediocridad haciendo una criba que solo permitirá crear a los genios. Entiendo que quien defiende esta idea se tiene a sí mismo o a sí misma por uno de esos genios que se salvarán de la hoguera. Si se defiende el pulso del ilustrador o el buen arte del traductor, afirmarán que tanto da si es que el ojo y el oído no reparan en la diferencia. Si se les avisa de que las plataformas ya nos están vendiendo música artificial, responderán con una sonrisa que solo deberemos intranquilizarnos cuando la máquina sepa crear un Bob Dylan. Y a los demás, que les zurzan.
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