El Supremo y la respetabilidad de Vox

Alternativa para Alemania ha ganado las elecciones de Sajonia-Anhalt y Europa entera se rasga las vestiduras. Lo hacemos con cada ascenso de la ultraderecha, pero el debate sobre cómo frenarla lleva años encallado en la liturgia: discutimos si prohibirla, aislarla o darle la mano, como si todo el peligro estuviera en esos partidos. Mientras, dejamos de defender el fondo democrático porque las ideas de la ultraderecha permean ya nuestro sentido común. Ocurre con ese chovinismo del bienestar que pide reservar prestaciones, servicios y ayudas para “los nuestros”, porque el que viene de fuera se aprovecha y vive de lo que otros pagan; con el nacionalismo cívico que empuña la igualdad, la laicidad o la libertad de expresión como criterios de exclusión, presentándose como su defensor frente a quienes juzga incompatibles con esos valores; o con nuestro manejo de la memoria para relativizar el pasado y no responsabilizarnos del presente. Quienes deciden qué o a quién recordamos controlan quién pertenece. Las tres vías nombran una sola operación: decidir quién forma parte de la comunidad política.
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