La cursilería, antesala del trumpismo

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A quienes leímos Hilbilly, una elegía rural, el libro que le hizo popular y acabó llevándole a la vicepresidencia de Estados Unidos, no nos ha sorprendido tanto que J. D. Vance se rinda —y no como placer culpable— a los encantos de Emily in Paris, serie que considera el Shakespeare de nuestro tiempo. El escritor que Vance fue antes de meterse a destructor de la humanidad era un narrador afectado, con tendencia al melodrama, una autoconciencia muy dada a la autocompasión, una idea del mundo reducida a una lucha del bien contra el mal y una incapacidad casi patológica para contar chistes o apreciar el lado divertido de las cosas. En otras palabras: era un cursi. ¿Cómo no va a emocionarle esa sublimación de la cursilería, ese merengue de la ingenuidad, esa tarta nupcial con forma de Torre Eiffel que es Emily in Paris?

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