La patria de Mbappé

Cuando Ursula von der Leyen ofreció en Estrasburgo convertir a Canadá en el primer “miembro asociado” de la historia europea —una asociación reforzada, no una membresía de pleno derecho—, dio por sabido algo que rara vez decimos en voz alta: que Europa dejó de ser un lugar en el mapa para ser una manera de entender la convivencia, y que se es europeo no por nacer dentro de una frontera, sino por suscribir lo que Europa asegura defender, la democracia y el Estado de derecho, ese orden liberal que se resiste a morir. Es la versión más halagadora que solemos contarnos de nosotros mismos, la de una comunidad que no encierra, sino que acoge. Y sin embargo, minutos después, en el mismo discurso, la geografía que acababa de declararse irrelevante se volvió inevitable. Bastó con que el asunto pasara a ser la frontera sur. Von der Leyen proclamó que todas las fronteras exteriores son fronteras europeas y anunció un mecanismo de emergencia pensado para llegadas como la de Ceuta. El mapa regresaba al centro, no como aquello que se comparte para pertenecer, sino como una línea trazada para que otros no lleguen. La frontera no como criterio de pertenencia, sino como línea de defensa. Ahí está la paradoja. Alguien que ha llegado a Ceuta está, físicamente, dentro de Europa, pero lo que se encuentra no es una pregunta sobre sus derechos, sino una maquinaria que lo administra para expulsarlo. Para Marruecos solo es un arma arrojadiza, munición de un ataque híbrido; para quienes gritan “¡Que los devuelvan!”, una invasión; para quien gestiona la frontera, una cifra en una hoja de cálculo. Tres miradas distintas, pero en ninguna de ellas se habla de personas, solo de cuerpos que pueden convertirse en arma, en invasión, en cifras que se añaden o se tachan.
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