Pedaleando
A veces resulta muy difícil no dejarse atrapar por las arenas movedizas del desconsuelo. El mundo parece cada día más áspero, más cruel, más desquiciado. Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural. Nadie detiene los genocidios, pero Tomoko Akane, la presidenta del Tribunal Penal Internacional, acaba de ser sancionada por Estados Unidos porque Trump considera que el TPI es “un organismo corrupto y politizado” que atenta contra la soberanía de su país. Akane no puede entrar en EE UU y su tarjeta de crédito ha sido cancelada de inmediato. Son las primeras consecuencias de la sanción, seguro que hay más. ¿Cuándo se convirtió la realidad en esta pesadilla inacabable? Tengo un natural alegre y empeñoso, soy voluntarista hasta el aburrimiento de quienes me rodean e insisto siempre en ver el vaso medio lleno. Por ejemplo, como estos artículos se cierran con 15 días de anticipación, lo que me impide entrar en la batalla diaria, y como aparecen en un suplemento dominical, se me ha metido en la cabeza la quizá absurda idea de que con ellos debería intentar levantar el vapuleado ánimo de la gente. Buscar esquinas más amables y empáticas, fomentar la generosidad y la reflexión (también las propias). Pero lo de estar pedaleando como loca para cargar la dínamo y poner un poco de luz en las tinieblas empieza a parecerme ridículo (y me falta el aliento).
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